Panel de expertos reunidos en la Universidad Georgetown para hablar de problemas y soluciones derivados de la inmigración. (Foto/ MV)
Panel de expertos reunidos en la Universidad Georgetown para hablar de problemas y soluciones derivados de la inmigración. (Foto/ MV)

Desde hace cinco años la hermana Norma Pimentel, directora de Caridades Católicas en Texas, se ha convertido en una de las religiosas más autorizadas para hablar del drama humano que hoy se vive en la frontera. Sus días transcurren entre la oficina sectorial de la Patrulla Fronteriza, la parada de autobús de McAllen y el refugio de la Diócesis de Brownsville. Su misión es recibir a los inmigrantes indocumentados que son liberados por las autoridades federales, brindarles algo de comida, ropa limpia y leerles pasajes de la Biblia antes que inicien su viaje final al interior del país. Se estima que anualmente 23.000 inmigrantes se han beneficiado de estos actos solidarios.

Las dramáticas circunstancias la obligan a venir constantemente a Washington para abogar ante el Congreso y la Casa Blanca por los miles de hombres, mujeres, niños y bebés que cruzan exhaustos la frontera que divide México con Estados Unidos para pedir asilo. También aprovecha su tiempo para disertar sobre esta problemática en prestigiosas universidades y recibir uno que otro reconocimiento por su labor.

Hace unos días, en una charla organizada por la “Iniciativa sobre el Pensamiento Social Católico y la Vida Pública” en la Universidad Georgetown, habló sobre el impacto humano, los principios morales y orientaciones políticas que surgen producto de la masiva migración de Centroamérica a Estados Unidos. “A la frontera llegan personas con miedo, hambre, sed de justicia y esperanza de un mundo mejor. Yo recibo a niños solos, madres solteras con sus hijos, esposos jóvenes con ganas de vivir y ancianos agotados con sus nietos en brazos. Veo muchísima gente buena pidiendo posada en nombre de Dios y nosotros solo damos respuestas solidarias emanadas del Evangelio”.

La hermana Pimentel admitió que la crisis humanitaria que se vive hoy en la frontera es tergiversada por intereses políticos, los cuales se imponen a los principios morales y, en muchas ocasiones, avasallan la dignidad humana. “Muchas de las cosas que se dicen en Washington sobre lo que ocurre en la frontera no son del todo ciertas. Optar por las deportaciones no es una solución, como tampoco lo es mantener a niños y jóvenes detenidos por tiempos prolongados. Es hora de encontrar soluciones que valoren la condición del ser humano y su derecho a vivir en paz”.

Asimismo, resaltó el hecho que en medio de esta crisis humanitaria los voluntarios católicos han demostrado su generosidad y deseos de ayudar al prójimo. “El infinito amor de Dios siempre se hace presente en los momentos más críticos. Ver el rostro alegre de los voluntarios mientras velan el descanso de las familias, al momento de limpiar los diferentes ambientes del refugio, trabajando en la lavandería o cocina nos demuestra que existe un sentido de conciencia de Dios. Ellos ven el rostro de Jesús en el prójimo”.

El padre David Hollenbach, director del Centro Berkley de la Universidad Georgetown, recordó que desde 2016 se advirtió a las autoridades federales de lo complicado que es para las personas que piden refugio ‘navegar’ por un sistema de leyes y políticas migratorias, que los enfrentan a dificultades que hasta el día de hoy son invisibles para muchos ciudadanos estadounidenses. “Las deportaciones y la separación familiar no son alternativas, son hechos que atentan contra la dignidad humana”.    

Por su parte, Ashley Feasley, directora de política de la Oficina sobre Política de Migración y Asuntos Públicos en la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, reiteró el llamado de los obispos para ser solidario con aquellos que buscan refugio, piden asilo o cruzan la frontera para escapar de la violencia en sus países. “Es tiempo de apoyarlos y ser solidarios con quienes están en necesidad".

El moderador del panel fue John Carr, director de The Initiative on Catholic Social Thought and Public Life.

Testimonio

Jaqueline Martínez (19 años) es una estudiante más en la Universidad Georgetown. La mayoría de sus profesores y amigos la reconocen como una estudiante destaca, servicial e inteligente, pero pocos saben que es hija de un inmigrante salvadoreño que en pocos meses perderá su Estatus de Protección Temporal y hasta el momento no encuentra la manera de regularizar su situación migratoria en el país.     

“El drama migratorio está presente en todas partes. Yo estudio aquí gracias a una beca, mis padres me proveen de lo necesario para que pueda asistir sin problemas a clases, pero la amenaza de la deportación siempre está presente en mi casa. Siempre estamos atentos a las noticias y oramos porque los legisladores aprueben leyes en favor de los millones de indocumentados que viven en el país”, comentó Martínez.

La estudiante admite que, al igual que miles de familias inmigrantes, aprendió a convivir con los problemas derivados por no tener una “tarjeta de residencia permanente” y sueña con el día en que los políticos de turno sean más sensibles con el drama humano que viven los indocumentados. “Mis padres llegaron a Estados Unidos escapando de la guerra. Con su trabajo honesto y eficiente hace más de veinte años contribuyen al progreso del país. Ellos jamás le han hecho daño a nadie, solo piden una oportunidad para consolidad su situación migratoria”.