Queridos hermanos y hermanas: Comenzamos con la Liturgia de la Exaltación de la Santa Cruz como cada Viernes Santo comenzamos la Conmemoración de la Muerte de nuestro Señor y la Veneración de la Santa Cruz.

La postración ante el altar es un recordatorio de que en la cruz de la crucifixión y muerte de Jesús encontramos sanación. Oramos para que a través del misterio de la Cruz podamos recibir el regalo de la redención.

La redención puede tomar la forma de perdón de los pecados o, como lo pedimos en esta temporada de manera especial, la sanación de todos aquellos profundamente heridos por el pecado atroz del abuso sexual de jóvenes por parte del clero.

La sanación que pedimos puede tocarnos a todos de manera diferente. Yo pido sanación debido a mi contrición por las heridas causadas por mis malos juicios o fallas.

Algunos de nosotros también pedimos sanación por las heridas de la vergüenza y la confusión porque estos pecados han tenido lugar en nuestra familia, nuestra Iglesia.

Todos nos unimos en oración por la sanación de los sobrevivientes de abuso, por aquellos que han sufrido la traición, la indignidad y las consecuencias perdurables de haber sido abusados.

Mis hermanas y hermanos, comencemos la misa como regularmente comenzamos la Liturgia Eucarística, con el Acto Penitencial y su petición de sanación.

HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas, cuando la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz cantamos tradicionalmente: "Levantad alto la Cruz". Cantar el Gloria en reconocimiento de que la vergüenza de Cristo muriendo en la Cruz se ha convertido en el misterio de nuestra salvación. La Cruz misma se ha convertido en la fuente de nuestra sanación.

Nuestras oraciones son ante todo para aquellos que han sido agredidos atrozmente por el pecado de abuso del clero, y la indignidad adicional de la respuesta inadecuada de los pastores del rebaño –los obispos.

Partiendo de una ira justificada, todos podemos orar por esa sanación reflejada en el compromiso, la resolución y las acciones manifiestas de parte de los líderes de la Iglesia para actuar de forma transparente y responsable, involucrar a mujeres y hombres laicos, para que podamos comenzar la sanación de nuestra vergüenza

Mis hermanos y hermanas, existe un sentido en el que todos nosotros compartimos el dolor de los sobrevivientes porque sus heridas han tenido lugar en nuestro hogar espiritual.

El informe del Gran Jurado de Pensilvania, las preguntas sobre nuestros programas de formación sacerdotal en todo el país y el creciente número de investigaciones demuestran los fracasos por parte de nuestros obispos.

Con estas realidades están las preguntas sobre quién sabía qué y cuándo, mientras lidiamos con la designación de nuestro propio ex-arzobispo.
Antes de que podamos comenzar adecuadamente a enfrentar estos desafíos a nuestra confianza en nuestra propia Iglesia, debemos enfocarnos primero en aquellos que llevan las cicatrices del abuso. El viernes 14 de septiembre, iniciamos con una misa para la temporada de sanación.

En toda esta arquidiócesis, por iniciativa propia, los sacerdotes y las parroquias, los grupos de oración y las organizaciones eclesiales han comenzado ya este proceso de sanación, esta temporada de sanación, este esfuerzo prolongado y duradero de sanación, que todos reconocemos comenzó de rodillas.

Iniciamos la liturgia con el antiguo ritual de postración de la Iglesia, reconociendo el fracaso y la contrición.

Para los sobrevivientes, un punto de partida debe comenzar con el abrazo de la Iglesia pidiendo perdón. Esto lo hago una y otra vez.

Nos dirigimos a la cruz con aquellos que han sido brutalmente abusados. Nos unimos a ellos en nuestra indignación de que esto haya sucedido. Tal vez nuestro Señor puede convertir nuestra ira en un compromiso de trabajar juntos para tomar acciones significativas para lograr una purificación que sea verificable en hechos.

Nuestra vergüenza, mis disculpas, las oraciones de todos, son parte del comienzo de esta temporada de sanación. Al igual que todas las heridas graves, la sanción requiere tiempo, cuidado, atención y amor. Muchos de ustedes, sacerdotes y feligreses, como ya lo he notado, han comenzado los primeros pasos en este camino hacia la restauración que solo encontramos en la Cruz, en la redención que Jesús ganó para nosotros en el madero de la Cruz.

Rezamos juntos la oración para la sanación propuesta por la Conferencia de Obispos, una oración por las víctimas de abuso. ¿En qué consiste esa oración? ¿Por qué abogamos al pie de la cruz? Primero rezamos para que Jesús una a su propio sufrimiento el dolor de todos los que han sido heridos en cuerpo, mente y espíritu por aquellos que traicionaron la confianza depositada en ellos.

Tú y yo, hermanos y hermanas en esta arquidiócesis nos unimos a las palabras de esa oración para que el Señor escuche nuestros gritos mientras agonizamos por el daño hecho a nuestros hermanos y nos muestre el camino hacia la justicia y la plenitud iluminados por la verdad y envueltos en su misericordia.

Nuestra necesidad de pasar de la oscuridad del pecado y el fracaso –abuso y vergüenza– a la luz de la Cruz ya ha sido reconocida en tantas parroquias de esta arquidiócesis, y en la misa que celebramos en la catedral como inicio del tiempo de sanación, nos unimos a nuestros sacerdotes, religiosos, y fieles laicas y laicos en una oración colectiva y sentida por las víctimas del abuso: los sobrevivientes.

Después de reflexionar y después de nuestra oración universal, mientras iniciamos la temporada de sanación, pedí a dos miembros de nuestra comunidad que se unieran a mí para encender la vela de la esperanza y la sanación como símbolo del comienzo de la temporada de sanación.

Pedí a un sobreviviente que haya llevado la cruz formada por el abuso que se presente junto con el director ejecutivo de nuestra oficina de Protección Infantil y Ambiente Seguro.

Junto con todos los presentes como testigos, encendimos la vela de la esperanza que proclamó el tiempo de sanación, el arrepentimiento del abuso infligido, nuestra solidaridad para enfrentar este mal y nuestra dependencia de la gracia de Dios.

* Texto de la misa de sanación celebrada en la Catedral de San Mateo Apóstol el 14 de septiembre de 2018.