Con alegría llena de fe y entusiasmo, hace diez años este mes, recibimos al papa Benedicto XVI cuando comenzó aquí en la capital de nuestra nación su viaje apostólico a la Iglesia en Estados Unidos. Nuestro júbilo estaba enraizado en nuestro amoroso aprecio por el santo padre como pastor de almas y maestro preeminente de la fe, junto con la comprensión de que, como el sucesor de Pedro y el pastor jefe de la Iglesia Universal, lo que él nos trajo fue a Jesucristo.

El tema de la visita fue "Cristo Nuestra Esperanza", y el itinerario del papa Benedicto incluyó una visita al presidente George W. Bush y reuniones con los obispos del país, educadores y líderes en diálogo interreligioso. Hubo encuentros también con multitudes alegres que se alineaban en las calles y los escolares católicos cantaron "Feliz Cumpleaños" en alemán frente a la Nunciatura Apostólica en la mañana de su cumpleaños 81. Por la atención especial y la cobertura extraordinaria que recibió, era evidente que el Papa era alguien cuyo mensaje exigía una audiencia.

"He venido a Estados Unidos para confirmarlos a ustedes, mis hermanos y hermanas, en la fe de los Apóstoles", dijo el papa Benedicto a la gran diversidad de personas en la misa en el estadio de los Nacionales. "He venido a proclamar nuevamente, como Pedro lo proclamó en el día de Pentecostés, que Jesucristo es el Señor y el Mesías, resucitado de entre los muertos".

En esta celebración eucarística, que el Papa describió como "grande y festiva", "bella" y "una verdadera oración", también nos recordó el poder de la gracia que da esperanza de un nuevo comienzo, tan urgente en estos tiempos de desafío, "Confiemos en el poder del Espíritu para inspirar la conversión, sanar cada herida, superar cada división e inspirar nueva vida y libertad. ¡Cuánto necesitamos estos regalos!” 

El día anterior en la Casa Blanca, el papa Benedicto discutió cómo la comunidad católica "desea contribuir a construir un mundo cada vez más digno de la persona humana, creado a la imagen y semejanza de Dios [y] trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna". En la celebración de las vísperas con los obispos estadounidenses, que siguió después, les pidió "una renovación de ese celo apostólico que inspira a sus pastores a buscar activamente a los perdidos, vendar a los que han sido heridos y fortalecer a quienes languidecen".

Diez años después, la visita permanece en nuestra memoria como un tiempo de gracia. Sin embargo, durante el corto tiempo del santo padre con nosotros, la Arquidiócesis de Washington ya estaba buscando extender el impacto con varios recursos, materiales de catequesis y reflexión sobre sus palabras. También reafirmamos nuestro compromiso de ver que los hilos del encuentro con Cristo y su mensaje vivificante se entretejan en el tejido de nuestra sociedad, cultura y experiencia humana.

Mirando hacia atrás ahora, uno puede ver que la visita del papa Benedicto fue especialmente fructífera al sentar las bases de los esfuerzos de esta Iglesia local en la Nueva Evangelización durante la última década. En particular, sus observaciones sobre el paisaje social y el contexto cultural en el que se desarrolla nuestra misión evangélica ofrecieron una gran guía para ayudarnos a ser la mejor Iglesia que podamos ser. Las fuertes influencias del secularismo, el materialismo y el individualismo son obstáculos para un encuentro con el Dios vivo y para cuidarnos el uno al otro, dijo en su charla con los obispos. Asimismo, desvían la atención de las personas del "don de la nueva vida y la libertad" en el corazón del Evangelio, que son la "verdadera respuesta, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales".

En vista de estos desafíos, el papa Benedicto dijo a los obispos que necesitamos "nuevas y atractivas formas de proclamar este mensaje y despertar la sed del cumplimiento que solo Cristo puede traer". Además, dijo, "solo cuando su fe impregna todo aspecto de sus vidas, los cristianos se vuelven verdaderamente abiertos al poder transformador del Evangelio". Continuando con este pensamiento, el santo padre le explicó a un grupo de educadores católicos que "primero que nada, cada institución educativa católica es un lugar para encontrar al Dios viviente que en Jesucristo revela su amor y verdad transformadoras". Este mismo entendimiento está en  el corazón de nuestras escuelas católicas en la Arquidiócesis de Washington.

La visita del papa Benedicto en el 2008 fue una bendición para la Iglesia y la nación. Su sonrisa cálida, bondad amable y su enseñanza afirmativa y desafiante fueron todas una inspiración. Cada una de sus charlas y homilías son dignas de una reflexión renovada y continua.

Después, escuché a muchas personas, incluyendo muchas que no son católicas, expresando gran gratitud por la presencia del santo padre y cómo su mensaje del Evangelio los afectó positivamente. Muchos decidieron regresar a la práctica de la fe católica y otros dicen que esta visita del vicario de Cristo los inspiró en sus vocaciones al sacerdocio o la vida religiosa.

Cuando recordamos la visita del papa Benedicto en esta temporada de Pascua y nos regocijamos nuevamente en las semillas fructíferas que plantó, recordamos nuestra propia responsabilidad de ser un testigo de Cristo, nuestra esperanza. "Por sus oraciones, por el testimonio de su fe, por lo fructífero de su caridad", dijo el santo padre en la misa papal, "ustedes pueden señalar el camino hacia ese vasto horizonte de esperanza que, incluso ahora, Dios está abriendo a su Iglesia, y de hecho a toda la humanidad: la visión de un mundo reconciliado y renovado en Cristo Jesús, nuestro Salvador”. Amén.