Nuestro viaje cuaresmal es una oportunidad para revivir una vez más la experiencia humana de buscar y descubrir a Dios, tal vez por primera vez. Desde la antigüedad hasta el presente, encontramos en todas las culturas y pueblos una búsqueda de lo trascendente y absoluto, de respuestas a esas preguntas persistentes sobre la esencia y el significado de la vida humana. Al descubrir que falta algo en sus vidas, ellos han ido en busca de ese "último misterio inexpresable que abarca nuestra existencia", y de ese amor que es duradero y que no defrauda (Nuestro Tiempo, 1).

Como personas de fe que alguna vez nos buscamos a nosotros mismos, sabemos que lo que la humanidad ha estado buscando realmente a través de los siglos es Dios, tal vez sin darse cuenta conscientemente. "La Iglesia sabe realmente que solo Dios, a quien ella sirve, cumple los anhelos más profundos del corazón humano, que nunca está plenamente satisfecho con lo que este mundo tiene que ofrecerle" (Sobre la Iglesia y el Mundo de Hoy, 41). Además, sabemos que esta búsqueda, que comienza en el árido desierto espiritual, finalmente conduce a la Cruz de Jesucristo.

En el mismo acto de crearnos, Dios ha abierto un espacio en nuestros corazones que solo puede ser llenado por él y su amor. Esto es lo que explica nuestra inquietud, sentido de falta de cumplimiento, insatisfacción y lucha cuando el Señor y la dimensión espiritual no son parte de nuestras vidas.

Entonces caemos en problemas cuando buscamos amor, belleza, verdad y significado en los lugares equivocados. Hoy, el papa Francisco ha observado que "muchos de los hijos de Dios están hipnotizados por placeres momentáneos, confundiéndolos con la verdadera felicidad" o "viven embelesados por el sueño de la riqueza [o] pasan por la vida creyendo que son suficientes por sí mismos" (Mensaje para la Cuaresma 2018). Muchas personas buscan también escapar de este mundo hacia el reino de la televisión o a una existencia cibernética, un problema particular de la era moderna.

Las cosas materiales, el poder y el entretenimiento pueden proporcionar cierta felicidad limitada, pero eventualmente encontramos que todas estas cosas son fugaces y no logran traer una paz mental verdadera ni una satisfacción del alma, y pueden incluso aumentar nuestra miseria. Es solo buscando primero el reino de Dios que la humanidad encuentra lo que estamos buscando (Mateo 6,24). Solo en el Señor es que se satisfacen nuestros anhelos humanos de sentido, plenitud, belleza y amor duradero.

¿Cómo llegamos a conocer a Dios? Si vamos a ir a encontrarlo, debemos reconocer que, en realidad, Dios ya está con nosotros y nos habla. La Iglesia enseña que el Señor, el principio y el fin de todas las cosas, se manifiesta claramente a su humanidad creada. Su presencia se puede encontrar cuando "ayunamos", es decir, al separarnos nosotros mismos de las cosas mundanas, y también encontramos a Dios al permitirnos ser "encontrados" por él, abriendo nuestros corazones en oración y escuchando su llamado. También encontramos su chispa presente en la humanidad que nos rodea, que nos impulsa en caridad para ayudar a los necesitados, lo que llamamos limosna.

Encontramos al Señor de una manera particular en la Sagrada Escritura, que nos ilumina sobre aquellas cosas que exceden nuestra comprensión y sobre aquellos valores religiosos y morales que nos guían hacia él. Sin embargo encontramos más plenamente al Señor presente en la Palabra eterna hecha carne, Jesucristo, que no solo nos revela el rostro vivo de Dios, sino que revela quiénes somos como personas humanas, incluida nuestra vocación al amor (Sobre la Iglesia y el Mundo de Hoy, 22). En Jesús, el Dios que anhelamos encontrar y conocer vino a habitar entre nosotros. Y aunque fue condenado a muerte, no lo encontraremos en la tumba. Está  vacía.

La historia de Jesús no termina en su muerte y tampoco lo hace nuestro viaje Cuaresmal al Misterio Pascual. Cristo ha resucitado. Lo que es más, él está presente aquí y ahora, vivo en el mundo. Él es visible en su Iglesia: se le puede encontrar en el confesionario y podemos recibirlo verdaderamente en la Eucaristía, en  Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad, por lo cual nos encontramos ante la Cruz en el Calvario, participando de una manera mística pero real, en su muerte y resurrección. De ahora en adelante, el camino que recorremos no es parte de una búsqueda de Dios: el Señor mismo es nuestro camino, nuestra verdad, y nuestra vida (Juan 14,6).

En el Evangelio de Marcos, Pedro le dice a Jesús: "Todos te están buscando" (1,37). Como ocurrió entonces y a lo largo de la historia, hoy existe un hambre por Dios y las cosas del Espíritu. La gente anhela y busca aquello que es duraderamente bueno y hermoso, la verdad, y una experiencia genuina de amar y ser amado. Habiendo encontrado todo esto y más en Jesús, necesitamos compartir con ellos las Buenas Nuevas proclamadas por el Señor: "Este es el tiempo del cumplimiento". El reino de Dios está cerca "(Marcos 1,15).