Los Evangelios nos dicen cómo Jesús llamó a ciertos hombres y les dijo: "Síganme". Cada año celebramos con gran alegría la ordenación sacerdotal de aquellos que escucharon ese llamado y respondieron afirmativamente con amor.

Más que nada, la vocación al sacerdocio –en su discernimiento, preparación y realización en el desarrollo cotidiano del ministerio sacerdotal– tiene que ver totalmente con el amor. Comienza con el amor de Dios que vino a habitar entre nosotros en Jesucristo, el único y eterno Sumo Sacerdote, que nos envió su Espíritu Santo y cuya sagrada presencia ministerial continúa en el sacerdocio ordenado. La fecundidad de este amor se ve en la oración amorosa de la Iglesia: "Señor, envía más trabajadores a recoger la cosecha" (Mateo 9,38), y en aquellos hombres que responden, prometiendo cumplir con la responsabilidad de ser fieles en el pastoreo del rebaño del Señor para la salvación de las almas.

Los sacerdotes de esta Iglesia local que fueron ordenados en el pasado informan que encuentran una gran satisfacción y un gozo humilde en esta obra de acercar a Dios y a la persona humana. Esto sucede en una gran cantidad de expresiones del sacerdocio: proclamando la palabra de Dios, celebrando los sagrados misterios y atendiendo a la gente en muchos otros entornos, como escuelas, hospitales, salas de consejería, concentraciones de jóvenes y reuniones de oración.

Este trabajo apostólico tiene lugar también en un ámbito mayor. Se ve en la forma en que los sacerdotes buscan construir puentes entre el reino de Dios y un mundo secularizado, entre la Iglesia de Cristo y aquellos que han bebido profundamente de las aguas de nuestra cultura con su énfasis en uno mismo, el dinero, el disfrute y la gratificación. Establecer un contacto tan significativo es una parte esencial del ministerio y beneficia a todos. Para que el puente dure, el esfuerzo incluye la presencia continua y el acompañamiento pastoral más allá del compromiso proactivo y la acogida.

Como pastor, explica el papa Francisco, el sacerdote guía a su rebaño caminando delante de ellos para guiarlos, en medio de ellos para estar cerca, y detrás de ellos para asegurarse de que ninguno se pierda (homilía del 3 de junio de 2016). Tantas personas hoy están sufriendo, o sienten como si Dios estuviera distante, o se sienten separados de los demás, invisibles incluso, no amados dentro de la sociedad o dentro de sus propias familias. El sacerdote debe acercarse a ellos y ser el pastor que los acompaña en su dolor y vacío, desde la oscuridad a la luz, desde el desierto a la tierra de la nueva vida, desde una existencia sin sentido a una identidad como un hijo adoptivo de Dios.

Después de muchos años de estudio académico en el seminario, junto con una experiencia pastoral práctica en las parroquias y en otros lugares, nuestros nuevos sacerdotes están bien preparados para esta tarea. Aún más importante es que el Señor les da a los sacerdotes los bloques de construcción para el puente que extiende la calidez de su amor salvador y la verdad liberadora a una humanidad herida, y para el camino sobre el cual caminar con las personas en su viaje.

El primero de estos dones es la gracia sacramental de las Órdenes Sagradas, que configura a los hombres, con todas las limitaciones de su naturaleza humana, en "instrumentos vivos de Cristo, el sacerdote eterno", para que puedan "realizar su maravilloso trabajo". (Presbyterorum Ordinis, 12). Las palabras de Cristo, el mensaje del Evangelio, los sacramentos de iniciación, la sanidad y el servicio, también se le confían al sacerdote para ayudarlo a que ayude a otras personas a encontrar al Señor resucitado y su gracia.

En el corazón del ministerio sacerdotal está, por supuesto, la celebración de la Eucaristía, ese misterio de nuestra redención que une el tiempo y el mundo material y el trascendente, que siempre tiene el poder de tocar las almas rebeldes. De hecho, el sacerdocio "se  volvió realidad efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía" en la Última Cena (Ecclesia de Eucharistia, 31). Este centro y la raíz de la vida ordenada ofrece a los sacerdotes "la fortaleza espiritual necesaria para hacer frente a sus diferentes responsabilidades pastorales", haciendo por lo tanto que todas sus otras actividades sean verdaderamente eucarísticas (Id).

Si bien nuestra fe católica y el sacerdocio siguen siendo lo mismo, de generación en generación, también es verdad que el sacerdote que sirve en la cultura actual debe estar preparado para ser un agente de la Nueva Evangelización. Una bendición de la Iglesia de Washington es que este amor y alegría del Evangelio es tan evidente en nuestros sacerdotes, tanto nuevos como experimentados. Cada día, ellos construyen puentes, rellenan huecos y caminan con las personas para acercarlas más a Jesús. Agradeciendo a Dios por ellos, también sabemos cuán grande es la necesidad, y por lo tanto oramos también: Señor, envía más trabajadores a recoger la cosecha.