La Vigilia Pascual es el momento más majestuoso del calendario litúrgico. Con fuego y agua, música y majestad, y la recepción de catecúmenos y candidatos en nuestra familia espiritual, en esta "madre de todas las vigilias" la Iglesia se regocija en la Resurrección de Jesucristo, el punto focal de toda la historia humana.

En la primera Pascua, la Buena Nueva de que "Cristo resucitó" ya había sido proclamada esa misma mañana por María Magdalena a los Apóstoles (Marcos 16,10). Pocas semanas después, en Pentecostés, lleno del Espíritu Santo, Pedro fue el primero en proclamarlo públicamente al mundo: "Dios resucitó a Jesús; de esto todos nosotros somos testigos "(Hechos 2,32). De la misma manera, Pablo en movimiento frenético en muchas tierras anunciaría valientemente que Jesús resucitó de entre los muertos. Ahora es nuestro turno de proclamar lo que se nos ha transmitido en una línea ininterrumpida durante más de veinte siglos.

Desde el inicio, sin embargo, hubo desafíos por parte de algunos que dudaron o negaron la Resurrección corporal de Jesús. Hubo quienes no se atrevieron a creer algo tan increíble. Otros preferirían explicar la Resurrección en lugar de aceptarla. Por ejemplo, las autoridades hicieron circular historias de que el cuerpo de Jesús fue robado y más tarde ordenaron a los Apóstoles que dejaran de predicar a Cristo Resucitado (Mateo 28,13, Hechos 4,18).

También hoy, algunos insisten en que la Resurrección en realidad no sucedió como un hecho histórico o que no es necesaria del todo para la fe cristiana. Algunos sugieren que Jesús se apareció a sus seguidores solo como una aparición. Otros afirman que simplemente está "resucitado" en los corazones y en la memoria de las personas, o que su resurrección es una metáfora de su mensaje de vida.

Por ejemplo, después de una misa de Pascua un hombre me dijo que le habían enseñado que la historia de la Resurrección era acerca de la influencia duradera de Jesús, no la realidad de su regreso verdadero de la muerte en su cuerpo. Thomas Jefferson incluso produjo su propia versión de la Biblia que corta cualquier referencia a Jesús resucitando de entre los muertos, junto con su divinidad y milagros.

Reconocer que la Resurrección es verdad es un obstáculo para algunos, incluso para aquellos que de otra forma aceptan a Jesús por sus enseñanzas y estilo de vida. ¿Importa si realmente sucedió o no? ¿Es Cristo resucitando de entre los muertos esencial para la vida cristiana?

La fe católica siempre ha incluido, contra todas las negaciones, que Cristo volviendo victorioso de entre los muertos es un evento histórico y la verdad central y culminante de nuestra fe (CIC 638-39). La Resurrección cambia todo y sin este hecho la fe cristiana es al final estéril. Las enseñanzas morales de Jesús, su ejemplo, y mensaje de una forma de vida bendita que implica amarse unos a otros y preocuparse por los necesitados son de hecho edificantes y sublimes. Sin embargo, "si Cristo no resucitó", dijo San Pablo, “de nada les sirve su fe" (1 Corintios 15,17).

"Ser cristiano no es una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Dios es Amor, 1). Ese evento es la Resurrección, y la persona es Jesús resucitado de entre los muertos. Lo que es más, no es sólo algo del pasado para ser recordado, incluso hasta el día de hoy. Jesús resucitado está con nosotros y en él tenemos vida nueva.

Debido a que Jesús resucitó a una vida nueva, nosotros mismos tenemos la promesa de la vida eterna. La Resurrección transforma nuestra existencia para que cuando termine nuestra estadía terrenal, la vida cambie, no termine. Aún más, la Resurrección no sólo ofrece la esperanza de un futuro glorioso, nos afecta aquí y ahora: cambia la forma en que vemos el mundo y cómo vivimos hoy.

Comprender que Jesús ha triunfado sobre la muerte no nos hace inmunes frente a las dificultades o el sufrimiento, pero cambia la forma en que respondemos, de modo que ya no necesitamos ser como aquellos que no tienen esperanza (véase 1 Tesalonicenses 4,13). La fe de que Cristo ha resucitado nos da fuerzas para soportar, da sentido y dirección a nuestra existencia en lugar de vagar sin rumbo en la vida. Esta nueva vida, que puede comenzar incluso ahora, puede sanar nuestro quebrantamiento y cumplir nuestros anhelos más profundos. Tiene el poder de hacer que lo que es bueno en la vida humana sea mucho mejor y más rico en la comunión del amor. Nos invita a compartir la vida de Dios para que realmente no sólo seamos criaturas de un Dios amoroso, sino sus amigos.

La realidad de la Resurrección de Jesucristo es nuestra salvación en este momento. Como observa el papa Francisco: “Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo” (La Alegría del Evangelio, 276).