Las largas filas de personas que recibieron el signo visible del comienzo de la Cuaresma –en el Miércoles de Ceniza– hablan de un profundo sentido de nuestra fragilidad interna, arrepentimiento y anhelo por Dios y su amorosa misericordia. Las cenizas, las negaciones de sí mismo, disciplinas y penitencias de esta temporada son todas expresiones de fe en la dimensión espiritual de la vida y de que Cristo Crucificado y Resucitado hace que la vida sea significativa, bella, buena y santa.

Una vez que el pecado entró en la vida y en este mundo, la armonía con Dios se hizo añicos y toda la red de relaciones entre unos y otros y nuestro mundo comenzó a desmoronarse. Enfrentamos enfermedades, traiciones, soledad y sufrimiento. Encontramos dificultades para construir y mantener las relaciones humanas, y luchamos con las heridas espirituales y las pesadas cadenas que creamos con nuestros propios pecados.

Esta no es la forma en que debería ser. Este no es el plan de Dios. Sin embargo, no todo está perdido. No hemos sido abandonados a nuestros propios recursos. En medio de todos los problemas de la condición humana, muerte, falta de armonía, confusión, interrupción y lucha, viene nuestro Redentor y salvador Jesucristo. En él encontramos el comienzo de una nueva creación. Él nos lleva de vuelta al Padre, supera la alienación trágica del pecado y la devastación de la muerte, restaura la armonía y da la novedad de la vida en la gracia.

La Cuaresma nos llama a reconocer y aceptar este extraordinario misterio de redención y a entender nuestra parte en él, acercándonos cada vez más a Jesús y permitiendo que su vida de amor brille en y a través de nosotros. Durante esta temporada de penitencia, y cada vez que enfrentamos las frustraciones diarias y luchamos por ser buenos, necesitamos recordar que con el don de la gracia dentro de nosotros, tenemos el poder de triunfar sobre el pecado. Sin embargo, cuando algunas veces caemos, una y otra vez, Cristo que hace todas las cosas nuevas está siempre esperando para ayudarnos a resucitar.

Tenemos la capacidad de ser victoriosos, pero debemos enfrentarnos todos los días con Cristo y con su cruz. La Cuaresma es un recordatorio de esta verdad y un llamado a la renovación espiritual y al continuo cambio hacia el Señor. Recordamos que así como Jesús nos ama, de igual manera lo que pensamos, hacemos y decimos debe estar lleno de desinterés y gran amor. Las antiguas y tradicionales prácticas de oración, ayuno y limosna ahora no son obligaciones onerosas, sino una forma de recordar, prepararse y participar en la increíble profundidad del amor de Dios por cada uno de nosotros: un amor tan profundo que lleva a Jesús a la cruz y a nosotros al pie de la cruz.

Algunas formas tradicionales de meditar en oración sobre el Misterio Pascual -y participar místicamente en él en comunión con toda la Iglesia- son a través de las oraciones del Rosario y el viacrucis, y especialmente a través de la adoración eucarística, ya sea durante la exposición del santísimo sacramento o rezando ante el tabernáculo. En estas y otras formas de oración, entramos en la presencia íntima de Dios y nuestros lazos con él se fortalecerán, al igual que las relaciones humanas se fortalecen al pasar tiempo juntos, hablando y escuchando.

Otra forma de oración, que está implícita en el espíritu cuaresmal de regresar al Señor con todo nuestro corazón, es un examen frecuente de conciencia y acudir a él en el confesionario. El sacramento de la Reconciliación es la historia del amor de Dios que nunca se aleja de nosotros y está listo y ansioso por absolvernos y restaurarnos a una nueva vida. En esta Cuaresma, la arquidiócesis está realizando nuevamente nuestra campaña "La Luz está ENCENDIDA para ti", que destaca la importancia de este regalo de la misericordia divina y le permite a la gente saber que la luz del confesionario está encendida en toda la arquidiócesis como un faro de esperanza, sanación y reconciliación.

El perdón del Señor es una mano amiga que nos levanta de nuestro fracaso, faltas y pecados y nos permite continuar nuestro viaje. En el camino, estamos seguros de encontrar a otros que necesitan una mano que les ayude espiritual o materialmente. Si bien es posible que nosotros no tengamos el poder de multiplicar panes o curar a los enfermos físicos como lo hizo Jesús, por nuestra propia bondad podemos ayudar a alimentar a los hambrientos y dar albergue a las personas sin hogar, podemos aclarar algunos malentendidos, disminuir un poco la soledad de alguien más, y aliviar alguna ira o incluso odio que encontramos a nuestro alrededor.

En la misericordia de Cristo, la Iglesia también mira con amorosa preocupación a aquellos de sus hijos que pueden haberse desanimado, desilusionado o haberse alejado de la fe católica, luchando tal vez por reconocer a Jesús en la experiencia de su Iglesia. La Cuaresma es un momento oportuno para la misericordia espiritual de esas hermanas y hermanos nuestros, como lo demostró Jesús al caminar con los hombres en el camino a Emaús, y para invitarlos a regresar a casa a nuestra familia de la Iglesia.

Durante la Cuaresma y a través de todo el año, nuestra esperanza es que podamos estar a la altura del maravilloso desafío que Jesús nos presenta cuando nos llama a una amistad íntima consigo mismo. Qué esta temporada santa sea para todos nosotros un tiempo de ferviente esperanza y amor generoso mientras renovamos con orgullo nuestra fe: la fe de la Iglesia. Ojalá que también sea un tiempo de acercamiento fructífero y solidario, compartiendo abundantemente con otros el amor salvador de Dios.