El papa Francisco visita a presos en una cárcel de Milán (Italia).  (Foto/archivo)
El papa Francisco visita a presos en una cárcel de Milán (Italia). (Foto/archivo)

Marchar todos juntos en la misma dirección para ayudar a levantarse y a crecer en la esperanza a quienes lamentablemente han caído en la trampa del mal: fue ésta la invitación del papa Francisco al personal de la cárcel romana Regina Coeli, a quienes recibió en audiencia el último jueves en el Aula Pablo VI.  

A cada uno de presentes el Santo Padre expresó su gratitud y la de la Iglesia por el trabajo que realizan junto a los detenidos. Una tarea, evidencia el Pontífice, “que necesita fuerza interior, perseverancia y consciencia de la específica misión a la que están llamados”.

Agregó que “la cárcel es lugar de pena en el doble sentido de castigo y de sufrimiento y tiene mucha necesidad de atención y de humanidad. “Es una difícil tarea el curar las heridas de quienes por los errores cometidos se encuentran privados de su libertad personal y ustedes como católicos deben cumplir con las labores la reeducación de los detenidos”.

Reconociendo el duro trabajo que realiza el personal penitenciario, y figuras profesionales que “necesitan equilibrio personal y válidas motivaciones constantemente renovadas”, el Papa evidenció la complejidad de la tarea que realizan: de hecho, les dice, ustedes están llamados no sólo a garantizar la custodia, el orden y la seguridad del instituto sino también, muy a menudo, a vendar las heridas de hombres y mujeres que encuentran cotidianamente en sus secciones.

Cárceles sean más humanizadas

Francisco puso en evidencia que “nadie puede condenar al otro por los errores que ha cometido ni mucho menos infligir sufrimientos ofendiendo la dignidad humana” y habló de la necesidad de que las cárceles sean “siempre más humanizadas”, “Es doloroso escuchar, en cambio, que tantas veces son consideradas como lugares de violencia y de ilegalidad, donde arrecian las maldades humanas”.

El Santo Padre invitó a no olvidar que muchos detenidos son solos, no tienen familia ni medios para defender sus propios derechos: “son marginados y abandonados a su destino. Para la sociedad son individuos incómodos, un descarte, un peso”.  Pero recordó que “la experiencia demuestra que la cárcel, con la ayuda de los agentes penitenciarios, puede transformarse verdaderamente en un lugar de redención, de resurrección y de cambio de vida”,  posible a través de “caminos de fe, de trabajo y de formación profesional, pero sobre todo, de cercanía espiritual y de compasión, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, que se inclinó a curar al hermano herido”. Una “actitud de cercanía” que encuentra su raíz en el amor de Cristo, dijo Francisco, y que puede favorecer en los detenidos “la confianza, la conciencia y la certeza de ser amados”. 

Al despedirse el Pontífice aseguró a los presentes su afecto “que es sincero” –precis– y su oración para que puedan contribuir con su trabajo a “lograr que la cárcel, lugar de pena y sufrimiento, sea también laboratorio de humanidad y esperanza”. Vaticano News