La liturgia del tiempo de Navidad nos lleva paso a paso a contemplar, reflexionar y orar en los personajes del nacimiento. Primeramente está la persona del Niño Dios, como el Dios encarnado que vino a ofrecernos el amor de Dios y su Salvación, seguidamente está la fiesta de la Sagrada Familia como un gran mensaje de la importancia de la misma para el presente y el futuro de la humanidad. Dios no quiso renunciar a tener una familia y amó a sus padres. Por último tenemos la escena de los Reyes Magos que de oriente vienen a adorar la manifestación de ese Dios con nosotros, por la misma encarnación del Hijo de Dios. Curiosamente en vez de pedirle gracias o favores, los reyes magos le ofrecen al recién nacido tributos: oro, incienso y mirra. Los tres regalos considerados algo especial y de valor para Dios que hecho hombre, se manifiesta al mundo como el Salvador.

El protagonismo de los reyes también podría ser un anticipo de la misión universal de Jesús. La Epifanía, que significa la manifestación de Dios a la humanidad, es para todos los pueblos de la tierra y no tan solo para uno o unos pocos. De esta forma cuando hablamos de una Iglesia multicultural y universal corresponde a la iniciativa de Dios de llegar a todas la razas y pueblos que habitan en este mundo. La misión aún es inmensa, somos operarios y misioneros de ese amor de Dios, pero aún hay muchas almas a las cuales evangelizar y llevar el mensaje de Cristo.

Por esta razón, al comienzo de un nuevo año, es mi deseo invitar a toda la comunidad multicultural de esta arquidiócesis para que unidos y siguiendo el ejemplo de los Reyes Magos podamos todos hacer una ofrenda a Jesús recién nacido en nuestros hogares: ser sus discípulos misioneros compromete la vida y sólido testimonio de vida cristiana a derribar todos los muros de divisiones, indiferencias e intolerancias hacia nuestros hermanos y hermanas siendo instrumentos de unificación en la diversidad cultural. Muchas veces con nuestros propios comportamientos y actitudes nos encargamos que esas diferencias y divisiones crezcan en nuestro propio entorno familiar o parroquial. Necesitamos ser esa Iglesia sin fronteras que continúa restituyendo la dignidad de la persona humana como el recinto sagrado de la habitación de ese Dios Espíritu Santo.

Dios les conceda a todos y cada uno un Nuevo Año colmado de paz, amor y salud.