Asentado el polvo de las elecciones de medio periodo, creo que es un momento oportuno para reflexionar sobre el impacto de lo que se ha dado en llamar ‘social media’ y del sambenito ‘fake news’, calificativo que usan y abusan algunos con intenciones non sancta cuando en realidad lo que hacen es simple y llanamente desinformar. En lugar de estimular el pensamiento crítico, refuerzan estereotipos y prejuicios, enrareciendo aún más el diálogo. A decir verdad, la desiformación en los medios de comunicación es de larga data y ha sido una característica dominante en el ambiente político. Sin embargo, la revolución digital –que se inició a principios del presente siglo– ha facilitado que la desinformación hoy se haya convertido en una epidemia de proporciones pantagruélicas poniendo en tela de juicio a las protecciones constitucionales y a las instituciones. Para darnos una idea de la magnitud del problema, actualmente, debido a esa revolución digital, cualquier persona puede crear y diseminar todo tipo de información, entiéndase también desinformar, lo que realmente cambió la atmósfera informativa y la manera de Gobernar: decisiones importantes y temas sensibles se anuncian a través de mensajes de texto y Twitter.

Es importante inquirirnos cómo esa revolución ha cambiado nuestra manera de concebir las cosas, mientras continúa la fragua de ese gran experimento de Gobierno popular que conocemos como democracia. Entre ‘social media’ y medios tradicionales observamos, más alla de sus diferencias, una marcada evolución: periódicos, radios y television, televisión por cable a la que se sumó el ‘internet’ y los ‘blogs’. Ahora, porque es más barato y fácil, las personas crean sus propios sitios ‘web’ e información para interactuar con otros para dar el salto a lo que conocemos como ‘social media’ (cuentas de Twitter y Facebook), donde interactuamos con personas que conocemos y no conocemos, con los que antes normalmente no hablábamos, lo que –para bien o para mal– provocó una real democratización del discurso informativo, amén de cambiar el modo cómo obtenemos información y lo que consideramos veraz, que tiene un gran efecto en las actitudes y comportamiento de la gente. El sobrecargado ambiente informativo hoy es más tóxico para el diálogo: a través de la ‘social media’ las discusiones son menos tolerantes, más agresivas, menos informativas, con la tendencia a confirmar prejuicios porque solemos creer en las informaciones que se condicen con nuestras ideas y maneras de pensar: seguimos a las personas con las que simpatizamos.

En ese contexto, la ‘social media’ es un vehículo ‘ideal para la desinformación cuando se desacredita a alguien o algo repitiendo iterativamente el sambenito ‘fake news’, que tiene un gran impacto en los receptores debido a la viralidad (crecimiento logarítmico) y la velocidad del movimiento a través de diferentes ‘plataformas’, donde las personas comparten información con los que conocen y no conocen, donde además algo se vuelve extremadamente contagioso cuando tiene un contenido moral: mucha ‘fake news’ recircula en sitios falsos –creados a imagen de sitios verdaderos– con el propósito de dar verosimilitud a lo que propalan, pero que no tienen nada que ver con los sitios que imitan. Es difícil protegernos de la desinformación, mas una de las cosas que podemos hacer es leer las historias en su totalidad para verificar si tienen sentido. Muchos comparten historias porque solo leen los titulares que se identifican con lo que ellos quieren decir. En la medida en que entendamos que la ‘social media’ es una herramienta y aprendamos a interactuar con ella –pensando lo que hacemos– seremos mejores ciudadanos para usarla de una manera responsable al pasar información veraz, no para decir lo que pensamos, sino lo que queremos que los demás piensen quiénes somos.