El cinismo no es una política, tampoco la ironía. El movimiento de derechos civiles consiguió resultados no solo porque los activistas marcharon en las calles, sino también porque cabildearon en los salones de clases, en las juntas de reuniones de los condados, en las escuelas de leyes y en las urnas, tal como lo hicieron recientemente cientos de católicos en Annapolis para abogar y defender la vida, las becas para estudiantes de familias de bajos ingresos y otros temas como la inmigración. Mas, ¿por qué es importante marchar o cabildear? En una democracia, solo participando podremos ‘moldear’ la historia, ergo, el Gobierno, sus procedimientos, incluyendo el por qué y el cómo se planean, se aprueban y se toman decisiones que afectan a nuestras comunidades, a las grandes mayorías.
En una de sus presentaciones, el historiador David McCulloch, señaló que “el conocimiento de la historia le da una dimensión distinta a la vida de una persona y que cuando la gente se involucra en la historia, adquiere la capacidad de vivir unas vidas extras, de reincorporar el pasado, pero sobre todo de imaginar con más precisión, con más ilusión, con más optimismo y con más información el futuro”. Con mayor razón si observamos que la historia nunca fluye de una manera predecible: casi siempre es el resultado de hechos e incidentes aparentemente fortuitos, cuyo significado se puede determinar –o frecuentemente cuestionar– solo en retrospectiva. Aun teniendo en cuenta la caprichosa naturaleza de la historia, el hecho al que se acredita como el detonante de la ‘primavera árabe’ difícilmente podría haber sido más improbable: el suicidio –inmolación– de un vendedor tunecino de frutas y vegetales en protesta por el acoso gubernamental. Cuando el pobre vendedor ambulante Mohamed Bouazizi murió como consecuencia de sus heridas (Enero 4, 2011), los protestantes que inicialmente tomaron las calles de Túnez exigiendo reformas económicas pidieron luego la renuncia del presidente  Zine el-Abidine, el hombre fuerte del Gobierno por más de 23 años. A fines de enero, las protestas antigubernamentales explotaron en Algeria, Egypto, Omán y Jordania. Eso solo fue el comienzo. Diez meses después cayeron cuatro dictadores en el Medio Oriente y más de media docena de Gobiernos fueron sitiados por protestas antigubernamentales y finalmente prometieron reformas.
Hoy el sentido de comunidad basada en la realidad –integrada por personas que creen que las soluciones emergen de un estudio juicioso de la realidad discernible– está siendo amenazada por responsables del Gobierno que creen que pueden crear “su propia realidad”, creyéndose agentes de la historia misma. Como en Dr. Who (1977): “Los muy poderosos y los muy estúpidos tienen una cosa en común: no modifican sus puntos de vista para que se ajusten a los hechos, sino que modifican los datos para que se ajusten a sus puntos de vista, lo cual puede ser incómodo si eres uno de los hechos que necesitan alterarse”. Otro botón: la famosa expresión “hecho alternativo” es una frase condenable equiparable a una mentira, de aceptarla no habría arte, ni literatura, ni ciencia, ni calentamiento global. Y mientras estamos obsesionados con la pesadilla orwelliana, nos acercamos cada vez más al mundo descrito por Huxley: “Una sociedad construida con la promesa de una gratificación instantánea y limitada en la que la humanidad se ahoga en la estupidez, tecnologías mediáticas adictivas, sedantes y triviales”. Huelgan comentarios. Solo recalcar que la participación –nuestra participación– es vital e impostergable.