Luego de tensas semanas de obcecadamente insistir en su política migratoria de “cero tolerancia”, el Gobierno de la administración Trump firmó –al cierre de esta edición– una orden ejecutiva que pone fin a la inhumana y cruel separación de niños inmigrantes de sus padres en la frontera sur de Estados Unidos. La condena generalizada hizo posible que la cordura prevaleciera sobre la tozudez y una mal entendida firmeza rayana en lo inmoral. En su reunión anual, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) había pedido a congresistas y tribunales “respetar y mejorar” el sistema de asilo para “preservar y proteger el derecho a la vida”, en clara alusión al anuncio del fiscal general Jeff Sessions, quien dijo que reforzará las exigencias de la ley de asilo y no incluirá más los casos de violencia doméstica. El cardenal Daniel DiNardo, presidente de USCCB, declaró entonces: “A menos que se anule, la decisión erosionará la capacidad del asilo para salvar vidas, particularmente en casos que involucran a solicitantes que son perseguidos por actores privados…  las mujeres vulnerables enfrentarán ahora el regreso a los peligros extremos de la violencia doméstica en su país de origen”. Acto seguido, DiNardo calificó de “inmoral” la separación de familias en la frontera sur de EEUU que era parte de la política de “cero tolerancia” establecida por el Gobierno de Trump. Nadie duda de la importancia de proteger nuestras fronteras, pero hay otras formas de garantizar esa seguridad que se pueden hacer cómo Gobierno y cómo sociedad sin separar a las familias como ocurrió en las últimas seis semanas cuando se separaron a más de 2.000 niños de sus madres lo que provocó una indignada grita.

A esa protesta se sumó el papa Francisco quien criticó la política de separar familias en la frontera con México, afirmando que el populismo no es la respuesta a los problemas de inmigración en el mundo. En declaraciones a Reuters, el Papa apoyó la posición de los obispos católicos de Estados Unidos que criticaban la separación de los niños de sus padres por ser “inmoral” y “contraria a nuestros valores católicos”, precisando que “el populismo no es la solución”. El endurecimiento migratorio en Estados Unidos se condice con la ola de rechazo en Europa al ingreso de migrantes y solicitantes de asilo que huyen de la pobreza y los conflictos bélicos en Oriente y África. Para el Papa, los populistas están “creando psicosis” con el tema de la inmigración a pesar de que sus sociedades –como en Europa– envejecen y necesitan más inmigrantes. Por eso, afirmó que “el futuro de la Iglesia católica está en las calles”. No se puede rechazar a la gente que llega. Hay que recibirlos, ayudarlos, cuidarlos, acompañarlos e instalarlos de la mejor manera posible, mas crear psicosis no es la cura. El populismo no resuelve los problemas. Lo que resuelve es la aceptación, el estudio y la prudencia. 

Cómo podríamos dormir en las noches sabiendo que miles de niños inmigrantes son separados de sus madres en la frontera. Lo que sucedió en nuestro propio patio posterior es perverso y criminal y debió ser detenido de inmediato. El activismo, antídoto contra la complicidad destructiva del silencio, es un imperativo. Solo resta añadir, al decir de Gandhi, que primero nos conocerán, se reirán de nosotros, luego lucharán contra nosotros, mas al final triunfaremos porque los principios, la razón y la justicia nos asisten.