Recordar la increíble vida y trágica muerte de Martin Luther King Jr. –asesinado un 4 de abril de 1968– es hacer una remembranza de nosotros mismos: una pausa para reflexionar y acercarnos, a través de la lectura de sus escritos y discursos, a su visión y sabiduría para hacer el esfuerzo de dialogar con los demás. Fue un visionario pragmático y un agente político de cambio por antonomasia. Un hombre informado guiado por su fe y profunda religiosidad reflejada en su trabajo y compromiso enraizado en la vida de los que sufren: los desplazados, los afroamericanos y los pobres. King fue consciente de la vital importancia que el funcionamiento de las intituciones y el Gobierno tienen en el bienestar de las personas en general y no de un solo grupo. Creía que todos estamos interrelacionados pero que esas relaciones necesitaban un cambio radical, por eso luchó por una radical forma de integración, tanto de estructuras y del corazón, rechazando toda forma de dominación racial, así como también de dominación como país. 

Imperfecto como todos, King mostró siempre la voluntad de luchar, de crecer, de aprender y de escuchar. Creyó en la no-violencia y buscó el cambio donde todas las personas pudieran prosperar. Ciertamente no era un pacifista porque fue capaz de alternar y dialogar con los que luchaban contra la opresión a través de medios violentos. Sin embargo, se rehusó a responder a la violencia del Gobierno con la respuesta violenta de los marginados. Era cristiano, versátil y flexible al diálogo con los que profesaban otras creencias religiosas y se sentía cómodo hablando con presidentes o pandilleros. King fue un fiero luchador por la justicia en todas sus formas, económicas como legales. Y el pesimismo sobre los límites del pacifismo y la intransigencia de la maldad colectiva lo forzó a repensar la no-violencia como un instrumento, no para cambiar el corazón de las personas, sino para confrontar y descubrir institutiones violentamente injustas.

En los últimos cincuenta años se cimentaron hitos legislativos como la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley del Derecho al Voto de 1965, aumentó en 500 por ciento el número de congresistas negros en la Cámara de Representantes y se eligió a Barack Obama como el primer Presidente negro en el 2008. Sin embargo, todavía hay mucho trabajo por hacer para extender las oportunidades reales a todos. El legado de MLK es impresionante, mas es un imperativo para todos continuar su trabajo para hacer del país una sociedad más inclusiva si queremos mejorar el bienestar de todas las personas y comunidades más allá del color de su piel, procedencia o creencias.

A 50 años del asesinato de King, a un año de Charlottesville, VA, y a poco más de una semana del arresto de dos jóvenes –por el hecho de ser negros– en una tienda de Starbucks, en Filadelfia, vemos que el odio y el miedo siguen presentes y que el acoso no solo se da en las escuelas, sino que provienen también de las estructuras de Gobierno y de ciertos medios de comunicación. A pesar de vivir en una atmósfera donde el racismo se hace cada vez más explícito, vemos también cómo hoy los estudiantes salen a las calles a exigir cambios legislativos y un mayor control de armas, cómo los defensores de Black Lives Matter siguen insistiendo de que la vida de los negros importan, cómo los inmigrantes siguen soñando en un nuevo sueño, cómo los discapacitados abogan por un cuidado de salud que beneficie a todos y cómo los nativos americanos defienden la naturaleza y el medio ambiente. No hay razones, pues, para la desesperanza. 

King nos recuerda a prestar atención a las estructuras de Gobierno, donde las regulaciones y leyes injustas deben ser impugnadas. Nos conmina a ser puentes en nuestras propias comunidades y por encima de nuestras imperfecciones “debemos amar e insistir en el amor”. Como muchos coinciden en señalar, la pregunta no es si MLK tiene algo que enseñarnos hoy, sino más bien si estamos preparados para aprender.