Sembrar el miedo es la artimaña más manida que usan los que no tienen argumentos y buscan pescar en río revuelto: cuanto más aberrantes y efectistas sean sus ‘propuestas’, más fácil les será manipular los hechos y desfigurar las ‘verdades’ de la manera más grosera. Pero, ¿qué es la verdad?  La respuesta nos remite a la ‘esencia’ de una cosa, de allí que cuando decimos algo nos preguntamos implícitamente por la ‘esencia de las cosas’, por la ‘esencia’ de la verdad, ergo, de verdades particulares como, por ejemplo: al invierno le sigue la primavera, George W. Bush y Barack Obama son ex presidentes de EEUU y Donald Trump es el actual presidente, para pesar de algunos y gozo de otros. Mas, son verdades particulares, porque sus enunciados contienen algo ‘verdadero’ que coincide con las cosas y las situaciones ‘sobre las que se dice algo’. En otras palabras, la ‘verdad’ es coincidencia fundada en la rectitud del enunciado con la cosa: sabemos que es de noche cuando no hay luz solar que da paso a la oscuridad, un conocimiento que capta lo verdadero cuando se oculta el sol y se hace de noche. Lo conocido es lo verdadero que coincide con algo o una situación. La verdad, pues, es coincidencia con una cosa conocida, de allí, que las afirmaciones antojadizas que no coinciden con lo conocido y tampoco coinciden con los hechos son flagrantes falsedades. A decir verdad, un conocimiento falso no es conocimiento.

Lo señalado nos remite al diálogo. Así como, por ejemplo, una prueba de identidad establece la confianza entre personas que no se conocen, en la comunicación y todo tipo de transacciones hay también indicadores que ayudan a identificar la ‘verdad’, tan necesaria para entablar un diálogo fructífero que, a su vez, tiene tres condiciones esenciales. La primera: abordar el diálogo con la sana intención de escuchar y aceptar todo lo positivo y constructivo que venga de la otra parte. La segunda, tan importante como la primera, subraya la necesidad de ser humilde para dialogar, humildad que implica dar un giro de 180 grados de nuestra posición original cuando descubrimos que estamos equivocados, mas muchas veces la testarudez o la arrogancia impiden reconocer la verdad del otro. En la tercera y vital condición, debe primar la inteligencia, vale decir, si la primera o segunda condición no se cumplen hay que ser inteligentes y no perder el tiempo en recriminaciones estériles e innecesarias que solo serán óbices al debate sano y serio.

Ese es el caso de los mensajes de odio y la desinformación que distorsionan la realidad fijando estereotipos y prejuicios de una manera grotesca. Las metáforas de odio –en el caso migratorio– aparecen en frases como “ejército de invasores”, “fuerza invasora”, “un enjambre” o una “horda” cuando se refieren a los inmigrantes a quienes acusan falsamente del aumento de crímenes, de enfermedades y la causa de las pandillas sin sustento alguno. Insistir en el diálogo –con el ejemplo y con un optimismo arraigado en nuestra fe– ayudará a ‘construir puentes y no muros de contención’. Más aún, el tema de la justicia social de la Iglesia alienta la necesidad de sostener un impostergable diálogo sobre las presiones económicas y la vida familiar, remarcando que la fe y la vida pública son un binomio que debe traducirse en una activa participación de los jóvenes en la esfera pública. George Washington concebía a nuestra nación como un lugar donde los desplazados o perseguidos –por encima de sus diferencias étnicas, religiosas, nacionalidades o países de origen– pudieran coexistir unidos por el ‘credo americano’: libertad e igualdad para todos.