En las elecciones generales de medio periodo del martes 6, los electores acudieron a las urnas en número récord, donde al menos el 47 por ciento de los ciudadanos elegibles emitieron su voto: el porcentaje más alto en las últimas cuatro décadas, lo que significa un aumento de votantes del 28 por ciento. En el Senado, los republicanos consolidaron su mayoría, mas los demócratas capturaron la Cámara de Representantes lo que no augura un panorama nada promisorio –los próximos dos años– para una Casa Blanca que no gusta de la conciliación y que, más bien, parece disfrutar con el conflicto entre partidos. La nueva representación de la Cámara Baja tendrá la facultad de investigar posibles conflictos de intereses políticos y personales del presidente Trump, sean estos sus declaraciones de impuestos, conflictos de interés con sus negocios o su relación con Rusia. Al margen de esa enrarecida atmósfera, lo cierto es que las mujeres –como nunca antes– irrumpieron como un vendaval en la escena política nacional: el próximo Congreso contará con 113 mujeres entre representantes y senadoras. El claro hecho de vida o mensaje entre líneas es que no hay nada más revolucionario que el ejemplo, ejemplo que no solo arrastra multitudes, sino que también ‘conmina’ a la acción como la que protagonizaron en esta histórica ocasión las mujeres.

Ellas demostraron que se atrae con el ejemplo y con los testimonios de sus propias vidas. Los resultados, sin duda, son también un clamor por un necesario balance de poder que se cimente en la unión que no significa uniformidad, sino más bien una multiforme armonía que atraiga a los políticos de todo pelaje a trabajar por el bien común, particularmente de los desplazados y desposeidos. El bien común implica respeto a la dignidad de la persona y su naturaleza social en todos sus aspectos y disciplinas, donde la grandeza del todo se expresa en sus partes. Por eso es importante empezar a ver el borde del círculo, y no solo el centro, para no olvidarnos de los demás, de allí que vemos con gran beneplácito un mayor número y participación femenina en la política nacional que, en cierta medida, refleja una actitud positiva de ver la periferia y el centro con la visión de abordar temas impostergables como, por ejemplo, el de una reforma migratoria integral que privilegie la unidad familiar y no la inhumana separación de los niños de sus padres.

Las mujeres marcaron una importante y sustancial diferencia en las elecciones de medio periodo. Ellas fueron las principales artífices en la recuperación demócrata del control de la Cámara de Representantes. La hispana neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez (29) será la congresista más joven de la historia de Estados Unidos, un símbolo del avance femenino en el Congreso. Honor que comparte, también, con Verónica Escobar y Sylvia García, las primeras latinas de Texas en el Congreso y Debbie Murcasel-Powell, de origen ecuatoriano de Florida. A ellas se suman otras mujeres de ascendencia africana, indígena y de otras comunidades (ver págs. centrales). Hay mucho que celebrar en las elecciones de medio periodo, sobre todo el hecho que –en medio de una tóxica coyuntura política y cultural– millones de ciudadanos de todas las razas, clases y credos acudieron como iguales a emitir su voto para decidir la futura dirección del país.